Apreciar el silencio: esa es la clave. Descubrir las dobleces de la calma en un rincón sencillo, sin estridencias. Escuchar.
Observar cómo la verticalidad grisácea del muro se pliega en escaleras alfombradas de color beige. Ir de lo duro a lo blando. Sentarse.
Perseguir un sueño entre el bosque de lámparas de blanco purísimo. Rodear la luz, inclinando la cabeza a cada paso (izquierda y derecha, una y otra vez), en un suspiro sinuoso. Esquivar.
Delegar preocupaciones en el vuelo de un pájaro de papel, sentarse en un sillón-nube, apaciguar prisas, domesticar urgencias. Respirar.
Relajar los músculos en un abrazo de algodón, en este universo de simplicidad acogedora construido a la medida de tus sueños. Sonreír.