Detrás de una puerta cualquiera puede esperarte la naturaleza más sorprendente. Una naturaleza onírica; imaginada pero tangible. Con árboles de terciopelo, ríos de lana o setas gigantescas. Un bosque exuberante que te abraza y te sacude, o un desierto misterioso rebosante de silencio.
Un universo imaginario que por fin puedes tocar y respirar.
Acaricias el agua que no moja, la corteza luminosa de un roble que jamás debió existir. Paseas los rincones de este mundo imposible que no termina nunca. Observas cada minúsculo detalle: la brizna de hierba que surge del techo, la textura fascinante de esa roca de papel, tu reflejo multiplicado por un juego de espejos que no deberían estar ahí.
Al fin, hueles una rosa con aroma de jazmín y te acomodas en el sillón de musgo, que te acoge con la frescura de un abrazo de bosque.
Cierras los ojos, respiras y te dejas llevar.