La música es tenue, pero encaja a la perfección con el ambiente de la sala. Desde el otro extremo, la voz sedosa del crooner se desliza sobre el ritmo ondulante de la big band, como acariciando cada nota.
Tras un pequeño sorbo, dejas la copa sobre la mesa y te reclinas en el sillón de terciopelo verde oscuro. A tu izquierda, una discreta lámpara de latón y cristal ilumina la mesa con una luz tamizada por muchos años de historia.
En el centro de la sala, una pareja baila, ajena a todo. Ensimismados, impecables, con una elegancia sutil que transpira ternura. La ternura del reencuentro, treinta años después, tan lejos del lugar donde se conocieron.